Cuento. El alienígena

Las cámaras criogénicas empezaron a abrirse. Situadas de forma simétrica, ocupaban toda la sala, como ataúdes en un cementerio. Kreb salió de la suya aturdido. El viaje intergaláctico había durado años. A su alrededor, varios compañeros contorsionaban sus cuerpos desnudos, intentando recuperar la movilidad. El mensaje  de la capitana de la nave les sobresaltó:

Las cámaras criogénicas empezaron a abrirse. Situadas de forma simétrica, ocupaban toda la sala, como ataúdes en un cementerio. Kreb salió de la suya aturdido. El viaje intergaláctico había durado años. A su alrededor, varios compañeros contorsionaban sus cuerpos desnudos, intentando recuperar la movilidad. El mensaje  de la capitana de la nave les sobresaltó: “Bienvenidos. La pesadez mental y corporal que experimentan es la esperada, irá desapareciendo en las próximas horas. Para facilitar el proceso, recomendamos que, al finalizar este comunicado, se den una ducha. Seguidamente, diríjanse al comedor principal. Después de la comida, se les informará del objetivo de la misión”.

Kreb obedeció de forma mecánica. No sentía la curiosidad ni la excitación que había imaginado al pensar en ese momento; ni siquiera intentó entablar conversación con los demás. Tras la ducha, al dirigirse al comedor, una de las escotillas que daban al exterior de la nave capturó su mirada.  Imaginó la nave flotando en ese vacío y a sí mismo observando, tan prescindible. Se apoyó con el brazo en la pared para no caer. Nunca le había gustado demasiado viajar. Cuando le propusieron alistarse en la misión, su primer impulso fue negarse, siempre había preferido estudiar el interior de las personas desde la comodidad de su despacho. Pero confió en los años de amistad que lo unían a la persona del Gobierno que le habló de la misión: “Créeme, no quieres perdértelo”. Y allí estaba. Se separó de la pared. Levantó cada uno de los pies fijándose en la sensación: la rotación de la nave sobre su eje central creaba la misma gravedad que en su planeta; la ilusión era perfecta. Miró hacia arriba, lo que él sentía que era hacia arriba, sabiendo que en realidad estaba mirando hacia el eje de rotación: si empezaba a caminar en línea recta volvería al mismo sitio en el que estaba ahora. Recordó los planos que había estudiado antes de embarcar: la nave era cilíndrica, dividida en anillos concéntricos: las cámaras criogénicas estaban en el anillo más cercano al centro, ahora se dirigía al comedor que, como el resto de espacios sociales, estaban en el segundo anillo, los dormitorios se encontraban en el tercero y el resto eran espacios de trabajo. Respiró hondo reconociendo el alivio que le producía esa leve familiaridad.  Y se apresuró para llegar a la hora prevista al comedor.

Las mesas, de forma circular, se distribuían uniformemente enfrente de una tarima. La tripulación comió con fruición, como si fueran conscientes del tiempo que llevaban sin ingerir ningún alimento. Calmada la necesidad y al ver a la capitana subir a la tarima, la expectación se trocó en silencio.

—Bienvenidos —irradió un saludo—. Como ya se les informó al alistarse, nuestra misión es exploratoria: el primer viaje a esta zona de la galaxia. Soy consciente de las muchas preguntas que el Gobierno respondió de forma insatisfactoria generando todo tipo de rumores. Y, por tanto, sé que todos ustedes están impacientes por obtener respuestas. Así que iré al grano y les acabaré de explicar lo que omitieron entonces. Hace una década, la estación que orbita nuestro planeta capturó una nave que, de forma inequívoca, demostraba la existencia de vida extraterrestre en una de las galaxias cercanas. Estamos en su sistema solar. Nuestro objetivo es estudiar su sociedad: costumbres, psicología, historia, todo, de forma exhaustiva. A partir de mañana, empezaran a analizar los datos que el ordenador lleva recopilando desde hace varios años. El resto del día lo dedicarán a conocerse y familiarizarse con la nave.

—¿Por qué no contactamos con ellos? ¿Son pacíficos? ¿Por qué se ha mantenido en secreto? —diferentes voces se alzaron de forma espontánea.

—Por el momento, no necesitan saber nada más —atajó la capitana—. La información que solicitan podría condicionar su investigación.

El silencio reflejó la duda de la tripulación sobre si deberían de haber aceptado la misión sin conocer sus pormenores.

Pasaron varios meses en los que analizaron y ordenaron la información recopilada por el ordenador, básicamente descifrando las emisiones de ondas electromagnéticas que los seres enviaban al espacio al comunicarse entre ellos. Kreb, trabajó intensamente. Pero lo que iba aprendiendo de esa sociedad lo sumía en un estado de profunda preocupación. Entender la fisiología y los rudimentos del lenguaje, resultó mucho más sencillo que comprender su funcionamiento social. “Soy el director de la división sociológica: necesitan mi aprobación”, pensó estremeciéndose. Y recordó con aprensión las palabras de la capitana en la primera reunión de directores: “El verdadero objetivo de la misión es valorar si esta especie representa una amenaza para nuestro planeta… y actuar en consecuencia. Pero la decisión ha de ser unánime, los cuatro hemos de estar de acuerdo”. No le sirvió de nada la contundencia con la que expresó su desacuerdo, “No quiero jugar a ser Dios”, les espetó. El director de la división militar se alineó con la capitana: —Ni menciones a Dios, recuerda el daño que hizo la religión en nuestro mundo hasta que conseguimos erradicarla. No hay nada más peligroso que el fanatismo.

Así que estaba solo.

Y el tiempo no hizo más que empeorar la situación: el hecho de que la investigación apuntara a una sociedad religiosa y conquistadora, era suficiente para que ya empezaran a hablar de fechas para el exterminio. Kreb no estaba de acuerdo, habían demasiados detalles que seguían sin conocer. Pero la nueva información parecía confirmar las sospechas iniciales: poseían armas nucleares y tecnológicamente estaban cerca de poder viajar por el espacio; parecía evidente que la conquista sería su objetivo. A pesar de ello, Kreb sentía una incomodidad que había aprendido a escuchar. Cuando lo presionaron para decidir, puso como condición capturar a una de las criaturas y poder hablar con ella, cara a cara. “Daré por ciertas nuestras sospechas y estudiaré sus reacciones. La división científica nos ha informado de que podemos interpretar sus reacciones y discernir si está mintiendo o no. El ordenador ya ha sido programado para ello”, les explicó. A disgusto, los demás accedieron.

Kreb tembló de repulsión ante aquel ser, a pesar de la similitud morfológica: bípedo, de aproximadamente metro y medio de alto por uno de ancho y con tres agujeros en la parte superior; el central se abría y cerraba continuamente. Kreb comprobó el estado de la comunicación con el ordenador de la nave: “¿Accesible la información sobre el alienígena?” “Afirmativo”, respondió el ordenador. “¿Preparado el traductor simultaneo?” “Afirmativo.

El agujero central del ser se abrió y cerró varias veces de nuevo. El ordenador de la nave tradujo:

—¡No me hagáis daño! ¿Qué sois?

El ordenador procesó: movimientos oculares rápidos, sudoración, hiperactividad cardiovascular. Recomendación: intentar calmarlo.

—No te haremos daño —Kreb controló una convulsión—. Contesta a nuestras preguntas y te devolveremos a tu planeta.

Movimiento vertical del apéndice superior. El ordenador tradujo: asentimiento.

—¿Cuándo iniciaréis el ataque? Sabemos del Dios insaciable al que adoráis.

—¿Ataque? ¿Dios?

El ordenador interpretó: sorpresa, desconcierto. Recomendación: dar más información.

—Perteneces a la casta sacerdotal, el diez por ciento de la población. Controláis la creación de la simbología religiosa que distribuís a las castas inferiores. Vuestro Dios es cruel y sangriento. Desde que lanzasteis la sonda al espacio, los iconos religiosos se han multiplicado por diez.  Es evidente que se acerca el momento de empezar la conquista.

—Quiero contestar a tus preguntas. De verdad. Quiero. Pero no sé de qué me hablas. Te lo prometo. —El alienígena quedó inmóvil—. Espera… de acuerdo… vamos a ver. Habéis venido a estudiar mi planeta porque pensáis que representamos una amenaza, ¿es eso?

El ordenador procesó: disminución del ritmo cardíaco, respiración menos agitada, actividad cerebral predominante en el neocórtex. Estado mental y físico adecuado para la comunicación. Recomendación: responder a la pregunta de forma breve.

—Sí.

—Sonda… Dios…   ¿Qué Dios?

El ordenador interpretó: divagación, verbalización de procesos mentales. Recomendación: dejar que siga comunicándose.

—Somos una raza pacífica. No tenemos intención de conquistar a nadie. Nunca hemos lanzado una nave al espacio. Vuestro estudio es erróneo. No habéis entendido nada de nuestra sociedad. Repito. Somos una raza pacífica. No tenemos intención de conquistar a nadie.

Kreb activó el holograma. Observó como el ser se mantenía inmóvil frente a la imagen tridimensional de la nave cuya existencia acababa de negar. Se sentía desconcertado por el juicio del ordenador respecto a la última frase: sinceridad. Necesitaba tiempo, tiempo para pensar. Había anticipado violencia, ira, falsedad, pero no se había preparado para un escenario en el que el ser negara las conclusiones de su estudio de forma sincera. “Ordenador, ¿qué probabilidad hay de que estés interpretando sus procesos mentales y fisiológicos de forma errónea?”. La respuesta fue inmediata: “Probabilidad inferior a un uno por ciento”. Salió de la sala. Entró donde estaban los directores de división y la capitana, que monitorizaban el encuentro.

—Hemos de hablar —Kreb irradió contundencia—. No podemos exterminar a una raza por una sospecha. Hemos de estar completamente seguros. Y, de momento, mi encuentro no es nada concluyente. Pido permiso para continuar la entrevista de forma libre.

—Nuestras órdenes son claras. El resto ya han firmado la recomendación de exterminio. Sólo tú pediste tener un encuentro físico. Con el riesgo que representa.

—Lo sé —ignoró la recriminación—. Y lo pedí precisamente porque las pruebas no me parecían concluyentes. Esperaba que este encuentro disipara mis dudas. Pero no lo ha hecho. Todo lo contrario. Insisto en pedir permiso para continuar de forma más libre.

El gobierno había sido tajante en exigir la unanimidad de todos los responsables de grupo. El equipo accedió a la petición. Entró de nuevo en la sala y reanudó el interrogatorio con vehemencia:

—Es importante que entienda, más de lo que te imaginas

—Por favor. Explícame más de nuestro supuesto Dios. —El ser movía una de las dos extremidades superiores. Kreb retrocedió instintivamente. El ordenador intervino: signo para captar atención, ausencia de amenaza. Recomendación: ofrecer información.

—Vuestro Dios requiere continuas y aberrantes muestras de adoración. Las personas centran su vida en conseguir objetos religiosos. El fanatismo llega a tal extremo, que, mientras podáis seguir creando y distribuyendo iconos, os da igual que un tercio de la población muera por falta de alimentos. Es obvio que una casta sacerdotal como la vuestra buscará imponer el mismo culto a cualquier civilización con la que tengáis contacto. Y de hecho, la nave que lanzasteis es una prueba de ello, ocultaba la existencia de tal Dios. Por eso niegas ahora incluso que exista la nave.

—Nave … nave. ¡Una de las Pioneer! Sí que lanzamos una nave. No lo recordaba. Pero las Pioneer son sondas lanzadas por la comunidad científica. Su objetivo es explorar. ¡Explorar! No estudiar el terreno para preparar una conquista. ¡Pero el tema de la religión no tiene ningún sentido! ¡Ninguno! ¿Puedes decirme el nombre de nuestro Dios o enseñarme alguna imagen? Por favor.

El ordenador procesó: Afirmación correcta. Nombre de la nave confirmado. Sugerencia: enseñarle a su Dios.

Kreb activó de nuevo el holograma, mostró un objeto rectangular y flexible, plano, con dibujos estampados sobre él y una inscripción: “en Dios confiamos”. El alienígena movió lentamente el agujero central y lo dejó abierto. Luego puso sus dos extremidades superiores sobre él, tapándolo.

El ordenador tradujo: ¿un dólar?

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