Cuento. La máscara.

Sandra estaba inquieta y nerviosa. El fuego de las hogueras que la rodeaban retaba a la densa oscuridad de la noche pero ella apenas conseguía percibir más que sombras. Oía pisadas entre el crepitar de las llamas. Era la noche más larga de su decimocuarto invierno de vida.

En su cultura, los adolescentes entran en la edad adulta a través de la Ceremonia de los Constructos, un ritual que tiene lugar en el decimocuarto solsticio desde su nacimiento. Esa noche marca el inicio de un periodo de aprendizaje durante el cual el adolescente convive con los maestros del templo encargados de su formación. Dura exactamente un año. Pero los pormenores les son desconocidos antes de experimentarlo: ningún adulto habla de ello.

—Hola, Sandra —la saludó uno de los maestros tras sentarse delante de ella—. No estés nerviosa y procura olvidar todo lo que has oído sobre la ceremonia; yo te explicaré lo que necesitas saber— añadió apretando afablemente su brazo.  Sandra asintió en silencio. Observaba la máscara transparente que traía consigo el maestro.

—Ten —le dijo— ahora debes ponértela. Como puedes notar, es de un material flexible parecido a la silicona, en unas horas ni siquiera notarás que la llevas puesta. Bajo ninguna circunstancia debes intentar quitártela.

Sandra acercó la máscara a su rostro, observándola de frente, intentando imaginarse a sí misma con ella puesta: las facciones neutras, el tacto agradable. Le dio la vuelta y, lentamente, la encajó sobre su rostro presionando suavemente la nariz, las orejas, los ojos. Se sintió embotada, Olvidó la prudencia.

—No me gusta —respondió asustada—. No quiero llevarla. Es como si hubiera metido la cabeza en un cubo de agua, no oigo ni veo bien.

—Tranquila. En unas horas la sensación que me comentas habrá desaparecido. Es una máscara de guerrera y seguro que tú la desarrollarás en todo su potencial.

—Pero, ¿cuándo me la podré quitar? —imploró.

—Volveremos a hablar exactamente de aquí a un año. —Se levantó sin darle ocasión a réplica.

Sandra se quedó quieta, luchando contra su deseo de llorar. Cuando una voz le indicó que fuese con ella, obedeció, desconcertada por los nuevos estímulos sensoriales que recibía. Tras llegar a la habitación, cayó rendida en la cama.

A la mañana siguiente le enseñaron el templo que iba a ser su hogar durante un año: la biblioteca, el jardín, el comedor, el gimnasio, la piscina. Al principio todo le parecía extraño. Siempre le habían gustado los perros, pero la primera vez que vio a uno después de ponerse la máscara sólo fue capaz de centrarse en la agudeza de sus colmillos, en la potencia de sus músculos; no quiso acariciarlo como solía hacer. Y cuando subió al terrado, buscando la familiaridad de las estrellas que solía observar con su padre mientras hablaban de astronomía, no la embargó la sensación de trascendencia acostumbrada. Intuía que la máscara era la culpable. No le dejaba ver las cosas como realmente eran, como ella las recordaba.

La extrañeza de la novedad fue dejando paso a la serenidad de lo cotidiano y los días se sucedían en una rutina de la que disfrutaba. Por las mañanas, después de desayunar, leía un par de horas. Podía escoger, pero se dio cuenta de que prefería la recomendación de sus maestros: estrategia militar y conocimientos útiles para la supervivencia. Se familiarizó con Sun Tzu, Maquiavelo, Musashi, Nitobe y Ktan. La lectura de las leyendas de Becker, o de la cosmología de Kaku, ya no la conmovía como antes. A media mañana empezaba el entrenamiento físico que duraba hasta la hora de comer: ejercicio cardiovascular, artes marciales, estiramientos; respirando agitadamente y empapada en sudor paladeaba la exaltación que le producía sentir que el movimiento de la katana se fundía con el suyo propio. Después de comer y descansar empezaba la sesión de estudio: historia, principalmente guerras y conflictos políticos, teoría de juegos, psicología de las decisiones.

Antes de la comida acostumbraba a relajarse en una fuente termal cercana al templo. Durante los primeros meses de su estancia casi siempre dedicaba ese rato a pensar en la máscara. ¿Cómo funciona? ¿Qué sentiría al quitársela? Como sus maestros no querían hablar de ello, intentó leer algo de neurociencia para descubrirlo por sí misma. Estaba claro que afectaba de alguna forma a su cerebro, a su forma de percibir y procesar la información y que este hecho estaba relacionado con el refuerzo de ciertas conexiones sinápticas y la desincentivación de otras, como cuando cortas las ramas de un árbol, como una poda neuronal. La investigación le resultaba ardua y la abandonó a las pocas semanas.

A veces, al salir de la ducha, escrutaba su rostro muy cerca del espejo. Apenas notaba la máscara. No había medido su grosor, pero hubiera jurado que se estrechaba  día a día. Y, con el tiempo, cada vez pensó menos en ella. De hecho, en algún momento que no sabía precisar, la esperanza de quitársela se truncó en aprensión. Se sentía satisfecha de sí misma: interiorizaba cada nuevo conocimiento haciéndolo encajar en su cerebro como una pieza de puzzle, la visión del cual, incluso incompleta, ya la había cautivado. Y le gustaba la nueva musculatura de su cuerpo.

La noche anterior a la ceremonia de clausura, después de despedirse de los maestros con la promesa de volver a visitarlos, subió de nuevo al terrado. Observó la Osa Mayor satisfecha de ser capaz de orientarse con ella.

Sandra estaba impaciente. El fuego de las hogueras rompía la densa obscuridad que la rodeaba, pero su iris se adaptaba rápidamente a los cambios de luz. Esa capacidad y la agudeza de su oído, le permitían controlar bien el entorno. Era la noche más larga de su decimoquinto invierno de vida. Saludó al maestro apenas entró en el círculo.

—Buenas noches, Maestro, parece increíble que haya pasado un año —sonrió confiada.

—Buenos noches, Sandra. Me hace muy feliz volver a verte. He seguido tu progresión con interés y he de decirte que estoy muy orgulloso. Serás una gran guerrera.

La conversación fue cordial, entre iguales. Pero, a partir de un momento, ella sólo era capaz de pensar: ¿Cuándo va a querer que me quite la máscara? Ello provocó un silencio incómodo.

—¿Quieres quitártela? —El Maestro parecía haber leído sus pensamientos.

Tardó unos segundos en responder.

—Pues la verdad es que no.

—Sandra, intenta encontrar el borde  de la máscara.

Sus manos tantearon minuciosamente cada milímetro de su barbilla, de sus sienes, del borde de sus orejas, recorriéndolos atentamente con los ojos cerrados. No encontró nada.

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